Dat Rosa Mel Apibus



Dat Rosa Mel Apibus
Acrílico sobre lienzo. 50x50cm.


Dante Alighieri 
Divina Comedia
PARAÍSO
CANTO XXIII

Igual que el ave, entre la amada fronda, 
que reposa en el nido entre sus dulces hijos, 
la noche que las cosas vela, 

que, por ver los objetos deseados
y encontrar alimento que les nutra 
-una dura labor que no disgusta-,

al tiempo se adelanta en el follaje, 
y con ardiente afecto al sol espera, 
mirando fijo a donde nace el alba; 

así erguida se hallaba mi señora 
y atenta, dirigiéndose hacia el sitio 
bajo el que el sol camina más despacio: 

y viéndola suspensa, ensimismada, 
me puse como aquel que deseando 
algo que quiere, se calma en la espera. 

Mas poco fue del uno al otro instante 
de que esperara, digo, y de que viera 
que el cielo más y más resplandecía;

Y Beatriz dijo: «¡Mira las legiones
del triunfo de Cristo y todo el fruto 
que recoge el girar de estas esferas!» 

Pareció que le ardiera todo el rostro, 
y tanta dicha llenaba sus ojos, 
que es mejor que prosiga sin decirlo. 

Igual que en los serenos plenilunios 
con las eternas ninfas Trivia ríe 
que coloran el cielo en todas partes, 

vi sobre innumerables luminarias 
un sol que a todas ellas encendía, 
igual que el nuestro a las altas estrellas;

y por la viva luz transparecía 
la luciente sustancia, tan radiante 
a mi vista, que no la soportaba.

¡Oh Beatriz, mi guía dulce y cara!
Ella me dijo: «Aquello que te vence
es virtud que ninguno la resiste.

Allí están el poder y la sapiencia
que abrieron el camino entre la tierra
y el cielo, tanto tiempo deseado.» 

Cual fuego de la nube se desprende 
por tanto dilatarse que no cabe, 
y contra su natura cae a tierra,

mi mente así, después de aquel manjar, 
hecha más grande salió de sí misma, 
y recordar no sabe qué se hizo.

«Los ojos abre y mira cómo soy; 
has contemplado cosas, que te han hecho 
capaz de sostenerme la sonrisa.»

Yo estaba como aquel que se resiente 
de una visión que olvida y que se ingenia 
en vano a que le vuelva a la memoria,

cuando escuché esta invitación, tan digna 
de gratitud, que nunca ha de borrarse 
del libro en que el pasado se consigna.

Si ahora sonasen todas esas lenguas 
que hicieron Polimnía y sus hermanas 
de su leche dulcísima más llenas,

en mi ayuda, ni un ápice dirían 
de la verdad, cantando la sonrisa 
santa y cuánto alumbraba al santo rostro.

Y así al representar el Paraíso, 
debe saltar el sagrado poema, 
como el que halla cortado su camino.

Mas quien considerase el arduo tema 
y los humanos hombros que lo cargan, 
que no censure si tiembla debajo:

no es derrotero de barca pequeña 
el que surca la proa temeraria, 
ni para un timonel que no se exponga.

«¿Por qué mi rostro te enamora tanto, 
que al hermoso jardín no te diriges 
que se enflorece a los rayos de Cristo?

Este es la rosa en que el verbo divino 
carne se hizo, están aquí los lirios 
con cuyo olor se sigue el buen sendero.»

Así Beatriz; y yo, que a sus consejos 
estaba pronto, me entregué de nuevo 
a la batalla de mis pobres ojos.

Como a un rayo de sol, que puro escapa 
desgarrando una nube, ya un florido 
prado mis ojos, en la sombra, vieron;

vi así una muchedumbre de esplendores, 
desde arriba encendidos por ardientes 
rayos, sin ver de dónde procedían.

¡Oh, benigna virtud que así los colmas, 
para darme ocasión a que te viesen 
mis impotentes ojos, te elevaste!

El nombre de la flor que siempre invoco 
mañana y noche, me empujó del todo 
a la contemplación del mayor fuego;

y cuando reflejaron mis dos ojos 
el cuál y el cuánto de la viva estrella 
que vence arriba como vence abajo,

por entre el cielo descendió una llama 
que en círculo formaba una corona 
y la ciñó y dio vueltas sobre ella.

Cualquier canción que tenga más dulzura 
aquí abajo y que más atraiga al alma, 
semeja rota nube que tronase,

si al son de aquella lira lo comparo 
que al hermoso zafiro coronaba 
del que el más claro cielo se enzafira.

«Soy el amor angélico, que esparzo 
la alta alegría que nace del vientre 
que fue el albergue de nuestro deseo;

y así lo haré, reina del cielo, mientras 
sigas tras de tu hijo, y hagas santa 
la esfera soberana en donde habitas.»

Así la melodía circular 
decía, y las restantes luminarias
repetían el nombre de María.

El real manto de todas las esferas 
del mundo, que más hierve y más se aviva 
al aliento de Dios y a sus mandatos,

tan encima tenía de nosotros
el interno confín, que su apariencia 
desde el sitio en que estaba aún no veía: 

y por ello mis ojos no pudieron 
seguir tras de esa llama coronada 
que se elevó a la par que su simiente.

Y como el chiquitín hacia la madre 
alarga, luego de mamar, los brazos 
por el amor que afuera se le inflama,

los fulgores arriba se extendieron 
con sus penachos, tal que el alto afecto 
que a María tenían me mostraron.

Permanecieron luego ante mis ojos 
Regina caeli, cantando tan dulce 
que el deleite de mí no se partía.

¡Ah, cuánta es la abundancia que se encierra 
en las arcas riquísimas que fueron 
tan buenas sembradoras aquí abajo!

Allí se vive y goza del tesoro 
conseguido llorando en el destierro 
babilonio, en que el oro desdeñaron.

Allí triunfa, bajo el alto Hijo 
de María y de Dios, de su victoria,
 con el antiguo y el nuevo concilio 
el que las llaves de esa gloria guarda.

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